Una Llamada Inesperada primer capitulo del libro Hombre Vs. Gloria

Era el último Día de mi ayuno. Por cuarenta días no había probado un bocado de alimento. Mi cuerpo estaba débil. Había perdido 36 libras, mucha perdida para un muchacho saludable de 20 años que pesaba tan solo 140 libras. Mi aspecto había cambiado totalmente, me daba vergüenza que alguien me mirara en esta condición, pero no era mi aspecto lo que me preocupaba, tan poco eran los dolores de cabeza que me azotaban sin piedad. En ocasiones tuve fuertes visitas de demonios, que para quitarme la paz estrellaban los platos de la cocina de aquel pequeño edificio en que me encontraba. En una de esas noches, después de haber terminado mi último ciclo de oración, me acosté e inmediatamente mi cuerpo quedó paralizado. Mis ojos quedaron mirando hacia la puerta. Lentamente la puerta se abrió y una persona rubia entro a la habitación. Recuerdo sus ojos, eran rojos, sus vestiduras negras. Sus pies no tocaban el piso, para moverse no caminaba, solo se dirigía erguido. Se acercó a mi. Tenía una apariencia preciosa, pero en su rostro se dibujaba la maldad. Yo no pude moverme, quise reprenderlo pero no pude. El se acercó a un lado de mi cama y con la punta de sus dedos me toco desde mi cabeza hasta la punta de mis pies y luego desapareció, en ese instante pude moverme, me levante impactado por aquella experiencia. Caminé todo el segundo piso reprendiendo, pero por alguna razón sentía mi piel arder, cuando miré mi cuerpo, me di cuenta que estaba lleno de unas ronchas rojas, aquel ser había dejado una plaga en mi cuerpo. Muchas noches no podía descansar a causa del frió, la brisa helada del invierno se colaba por las ventanas de aquel cuarto, y aunque mi piel ardía como fuego, inflamándose con el mas leve rose a causa de la irritación producida por la falta de alimentación, en nada de esto yacía mi desespero. Mi preocupación se trataba de algo mucho, mucho mas profundo. UNA LLAMADA QUE CAMBIARIA MI VIDA ¿Por qué me siento inconforme? Dos meses antes, me encontraba en mi cuarto después de haber predicado una campaña evangelistica en la ciudad de Manassas, Virginia. “No quiero ser un evangelista mas”. Clamaba al señor repetitivamente en medio de un torrente de lágrimas y sollozos. Literalmente sentía como si el cuarto se hacia mas pequeño. Mientras que en la quietud de la noche, mi oración se enfocaba en no querer caer en el monotonismo de ver lo mismo suceder campaña tras campaña. Desde muy joven comencé a predicar, y aunque en el pasar de los años había presenciado muchos milagros y un hermoso mover de Dios, todavía me sentía incompleto. Sentía que Dios me ofrecía mucho mas. Mientras seguía orando, la atmósfera comenzó a cambiar. Nunca había sentido tanta convicción. Era como si hubieran subido la temperatura, mi cuerpo lo sentía pesado. De repente mi boca se adormeció. Fue en ese momento que de lo mas profundo de mi vientre, salieron tres palabras que cambiarían mi vida para siempre: “Muéstrame tu gloria”. En otras ocasiones había hablado palabras similares a esta, pero ahora fue diferente. Hoy entiendo que estas palabras no salieron de mi, el Espíritu Santo estaba preparando el terreno, para depositar en mi la semilla mas preciosa que jamás había recibido después de mi salvación, el conocimiento de su Gloria. El caminar en la Gloria de Dios es más que un esporádico encuentro con el Espíritu Santo, más que cualquier nivel de unción. Una atmósfera de unción hace posible que el poder de Dios baje, pero es en la atmósfera de Gloria donde vive el poder de Dios. La gloria es el clímax del poder. Es la causa por la cual se pelean las guerras y se construyen los imperios. Es lo que Satanás quiere y Dios cela. “Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso.” (Deuteronomio 4:24). La gloria es lo que motiva a Dios actuar por su pueblo. “Por mi, por amor de mi mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi gloria no la daré a otro”. (Isaías 48: 11). ¿Porque la gloria es tan preciosa? La palabra escrita en estos versículos viene de la palabra griega “doxa” que significa el honor resultante a causa de un acto perfecto. Esta se usa para señalar el carácter de Dios y el honor dado en la física manifestación de su presencia, y es sobre todo encontrada en Cristo, quien es la Gloria del Padre. “porque Dios, que mando que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” (2 Corintios 4:6). Su gloria trae aceleración. En éxodo 33:18 Moisés le pide a Jehová que le muestre su Gloria. La Biblia enseña que fue allí donde Dios mostró a Moisés todo su bien. Moisés presenció miles de años de creación en solo horas, es allí donde Moisés recibe la revelación de todo el comienzo del mundo, toda la Ley y las instrucciones a seguir. Lo que le hubiera tomado siglos o aun milenios en adquirir, lo obtuvo en tan solo cuarenta días, y todo a causa de la Gloria de Dios. ¡Impresionante! La atmósfera de Gloria solo le pertenece a Dios pero el la manifiesta en quien el quiere, como el quiere; “A quienes Dios quiso a dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles”. (Colosenses 1:27). El propósito de Dios es el que conozcamos su gloria. “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.” (Romanos 8:18). Muchos creen que Pablo se está refiriendo en este pasaje a la vida eterna, pero no, pablo esta hablando de una gloria manifestada en esta vida. El siguiente versículo dice: “porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.” (Vs. 19). Así que es en esta creación que Dios a guardado la expresión inexplicable de su poder; la manifestación de su Gloria. Mi amigo las palabras que a continuación leerás cambiará para siempre tu vida. Si deseas caminar en una manifestación de poder que nunca imaginaste, sigue leyendo. Si no, cierra el libro, porque lo que estas apunto de aprender te transformara para siempre. La voz audible de Dios Al instante que mencioné estas tres palabras (muéstrame tu gloria), sentí como si hubieran parado el tiempo y fue allí que con mis oídos escuche la voz de Dios, como el que escucha un estadio lleno de gentes, hablando a una misma voz. “Cuanto darías por conocer mi gloria.” Con una voz autoritaria me pregunto. Todo daría, tu lo sabes señor.” Le respondí, temblando y anonadado por lo que estaba ocurriendo. Luego su voz cambió, ya no lo escuchaba con mis oídos como antes. Ahora, era como un susurro en mi espíritu. Me decía con voz apacible. “En el nuevo milenio te usaré como nunca imaginaste (todavía para aquel entonces estábamos en el año noventa y nueve), aprenderás de mi gloria y te enseñare cosas que nunca imaginaste ver”. “Pero como ocurrirá esto.” Le pregunte al señor. “Cuarenta días de ayuno.” Fue lo que escuche en mi espíritu. Aunque después de estas palabras no escuché nada mas, entendí que este retiro seria sin comer o beber alimentos, que bebería agua después del tercer día y que lo comenzaría exactamente a la media noche del treinta y uno de Diciembre del noventa y nueve. Fue como cuando bajas una información a una computadora. Sin palabras estaba allí. Inmediatamente llamé a mi compañero de viajes, Iván Rivera. Un joven que como yo, le había dado su vida al señor sin mirar atrás. Iván ya llevaba viajando con migo alrededor de dos años. Desde el primer día en que nos conocimos Dios le dio la convicción de dejar todo lo que estaba haciendo para acompañarme a ministrar en mis cruzadas de milagros por todo los Estados Unidos, para aquel entonces yo tenia veinte años y el diecisiete. Éramos un equipo infalible con un fuego insaciable de la presencia de Dios. Seguidamente, acompañado de otros dos o tres jóvenes tomábamos una pequeña tienda de acampar y nos íbamos a las montañas para ayunar por tres días, sin agua, sin luz, sin alimentos, sin camas, solo la presencia de Dios. En algunos de estos ayunos, la noche atraía la visita de espíritus inmundos. Recuerdo una ocasión en específico, donde un grupo de criaturas estremecían la pequeña tienda de nylon, mientras dentro de ella hacíamos guerra espiritual. A través de estos ayunos, adquirimos una gran experiencia. Así que cuando Dios me llamó a estos cuarenta día, pensé inmediatamente que Iván seria la persona indicada para acompañarme en esta misión, pero no sabia que Dios tenia algo mas entre manos. Así, que después de contarle por teléfono toda la experiencia que había acabado de experimentar, le pregunté: “¿Te atreves a acompañarme? Imagínate que Dios nos visite y nos muestre su Gloria a los dos al mismo tiempo.” “Claro que me atrevo.” Respondió, y añadió; “Pero, ¿y que si no aguantamos?” Al escuchar estas palabras le dije; “OK. Esto es lo que vamos a hacer. Vamos a prometer terminarlo auque nos cueste la vida. Si Dios nos llamó a hacerlo es porque podemos y porque el tiene un propósito mas grande de lo que jamás imaginamos, así que yo voy a seguir aunque me muera, y si por alguna razón yo muero primero, ya que vamos a estar completamente solos, no te asustes, no te desesperes ni llames la policía, porque puede ser que a través de esta muerte es que Dios me va a mostrar lo que me prometió, y si el dijo que me usaría en este nuevo milenio, si muero, para que se cumpla esta palabra tendré que resucitar.” Aunque estas palabras parecían salir de la inmadures de un joven atraído por el momento, detrás de ellas venia una fe y una convicción inmovible. La víspera de la batalla El primero de Diciembre de ese mismo año comenzamos la preparación. Recuerdo haber leído muchos libros acerca del ayuno y en su mayoría aconsejaban preparar el sistema digestivo antes de iniciar ayunos largos como este. Enseñaban que se debía comer solo frutas e ir cortando las porciones hasta que se allegase a la fecha, pero yo sentí hacer algo diferente. Faltaba tan solo un mes—ya que Dios me había guiado a comenzar el ayuno a las doce de la noche del 31 de Diciembre para comenzar el año dos mil en ayuno—ese día me miré en el espejo y dije, “si como solo frutas por un mes, cuando llegue el ayuno me voy a desaparecer.” Así que hice todo lo contrario, comencé a comer como nunca. También comencé un periodo de oración ardua, todo ese mes no hacia mas que encerrarme en mi cuarto preparándome mental y espiritualmente para lo que venia. En distintas ocasiones pasadas había tenidos fuertes experiencias espirituales donde me sentía salir de mi cuerpo, pero nunca como en ese mes. Para aquel entonces vivía con mis padres y estaba comprometido con Yarissette, quien es ahora mi esposa. Recuerdo que la llamaba todas las mañanas para contarle una experiencia nueva pues cada noche tenia una batalla espiritual diferente. No entendía la razón por la cual me visitaban tantos demonios diferentes cada noche. Dios me estaba preparando para algo. Estos no eran sueños, visiones, o éxtasis. Eran experiencias palpables y reales. El primer demonio que me visito lo hizo mientras yo todavía estaba orando. Recuerdo que alguien literalmente abrió la puerta de mi cuarto, toda mi familia estaba durmiendo así que me extrañó este suceso. Cuando volteé mi vista, allí, a un lado de la puerta se encontraba un perro, medía alrededor de metro y medio desde el piso hasta el final de su cabeza. Era de un color marrón oscuro con una línea amarilla en su espalada. Al instante en que lo vi. me sentí paralizado de pie a cabeza mientras me encontraba arrodillado en mi cama. Quise reprenderlo pero no podía hablar, era como si todos mis músculos se hubieran endurecidos, no tenia ningún movimiento. En ese mismo momento aquel demonio comenzó a maldecirme y desapareció. Lo que mas me sorprendió fue que al siguiente día mientras desayunábamos, mi padre cuenta la experiencia que mientras dormía soñó un perro grande de color marrón con una línea amarilla en la espalda, que le hablaba y le decía que iba a matarme. Esa fue tan solo la primera de constantes visitas. Presencié criaturas de diferentes formas y colores. Llegó hasta el punto en que me enojaba tanto, pues últimamente no podía ni dormir, pero mientras mas seguían las visitaciones, mas crecía mi experiencia. Cuando me sentía paralizado ya sabia que al clamar en mi mente a la sangre de Cristo mi boca se soltaba y podía reprender. En una ocasión me visitó un demonio con aspecto humano, pero era raquítico y sus manos eran mas largas de lo normal. No quise reprenderlo, estaba tan enojado que quise pelear con el. El demonio se paró a un lado de mi cama y en ese instante salté para agarrarlo por su brazo, y lo hice, literalmente lo pude agarrar, esta criatura descendió a través del piso de madera, mientras yo al otro lado me encontraba todavía tirando de su mano, increíblemente su brazo esquelético era lo único que sobresalía del piso, haló y haló hasta que se esfumó, pero lo mas sorprendente de todo es que cuando miré a mi cama, mi cuerpo estaba acostado allí, entonces entendí que me había salido del cuerpo. Dios estaba preparando mis emociones y estaba desarrollando mi percepción espiritual para algo de la cual no tenía la menor idea. UNA JORNADA DESEPERANTE Los primeros doce días El día mas esperado llegó, treinta y uno de Diciembre de mil novecientos noventa y nueve. En mi casa había una gran fiesta de fin de año, habían llegado familiares y algunos hermanos de la Iglesia que mi padre pastoreaba. Todavía recuerdo el traje que compre para aquella ocasión, yo estaba muy ansioso porque aquel día emprendería una de las jornadas mas importantes de mi vida. Mi familia es de descendencia Dominicana y para ellos esta es una fecha que se celebra casi toda la noche y los alimentos típicos no pueden faltar; pasteles, pernil, ensalada de papa, tostones, arroz con gandules, todo estaba servido en la mesa y yo, por otro lado dándome gusto y diciéndome a mi mismo, “come bien, porque esta será tu ultima comida por mucho tiempo.” Por fin llegó la hora, y entre música, cohetes y la algarabía de los que gritaban “feliz año nuevo.” Allí estaba yo. Orando al señor, y presentando mi cuerpo en obediencia, para ejecutar lo que el me había mandado, y así comienzo mi jornada. Esa misma madrugada empaqué mi ropa, me vestí con un traje de soldado que había comprado y le pedí a mi padre que me llevara a la iglesia donde me quedaría los siguientes cuarenta días, pasé buscando a Iván y llegamos al lugar donde nos hospedaríamos. Era una iglesia del concilio Luz del Mundo, casi en la esquina de la calle York con Dauphin en la ciudad de Philadelphia. El Pastor nos presto el segundo piso de su iglesia, era como un pequeño apartamento; dos cuartos donde normalmente daban clases de escuela dominical, un baño y una pequeña cocina. El mismo ordenó que nadie podía subir a este piso mientras mi amigo y yo estuviésemos allí. Aunque era una iglesia muy pequeña, con unos cuarenta miembros, el corazón de ellos era muy grande. Un día antes arreglaron las ventanas, ya que el frío del invierno era inmenso, y sacaron todo los alimentos de la cocina, prepararon uno de los cuartos con dos pequeñas camas, nos prestaron un radio, y así emprendimos la travesía. Cada día orábamos por doce horas. Lo dividíamos en 3 ciclos de oración de cuatro horas cada uno. Los primeros tres días no bebimos nada de agua, al llegar el cuarto día comenzamos a beber un vaso de agua por día. Desde el primer día nos propusimos a leer toda la Biblia. Comenzamos con una fuerza sobrenatural pero, mientras los días se iban así también nuestro peso. Cuando llegaba la noche, después de nuestro ultimo ciclo de oración y antes de acostarnos a dormir pasábamos horas tan solo hablando de las grandezas del Señor y de cuan ansioso estábamos por experimentar la Gloria de la que el Señor me había hablado. Cada vez que hablábamos de Su Gloria, pensábamos que era un sentimiento que se experimentaba externamente, creíamos que se trataba de una manifestación en la cual sentiríamos su presencia, hablaríamos en lengua y veríamos visiones, pero cuan errado estaba, Su Gloria se trataba de mucho, mucho mas. Soledad, mi peor compañera Pasaron los días y todavía no experimentábamos la manifestación que esperábamos. Después del séptimo día, antes de dormir, orábamos para que el señor se revelara a través de sueños. Estábamos sedientos por sentir su presencia, por palpar su realidad, pero nos acostábamos y nada sucedía. Me parecía muy extraño que aunque normalmente yo recibía muchos sueños y Dios siempre me había hablado a través de ellos, en aquel ayuno no había recibido nada. Poco a poco, nuestra fe comenzó a decaer y así se aproximó el desanimo. Era el día numero diez e Iván me contaba como por segundos sentía que su vista se obscurecía y no podía ver. Estábamos débiles, hambrientos y las rodillas nos dolían tanto a causa de las largas horas de oración que ya no podíamos orar hincados. La debilidad era tanta que a veces se nos hacia difícil caminar. Además de todas estas complicaciones, el calentador del edificio no estaba funcionando correctamente y muchas veces se apagaba solo, dejándonos a la merced de un frío insoportable. De todos los años que he vivido en Philadelphia, no recuerdo haber experimentado un invierno igual. Por venir de un país tropical como lo es Venezuela, nunca había visto la nieve, tenia un gran deseo de tocar y sentirla caer, pero en los casi tres años que tenia viviendo en Philadelphia nunca había nevado. La primera vez que vi nieve caer fue desde una pequeña avería que había en la ventana de ese pequeño cuarto, ya que casi toda estaba cubierta de un panel de madera con el fin de asolar el frío. Me sentía un poco decepcionado, porque mientras otros jóvenes jugaban y disfrutaban la nieve, yo estaba encerrado entre cuatro paredes. Pero cada vez que pensaba en las promesas del señor no escatimaba nada. Recuerdo que en esa misma noche cayo una tormenta de nieve y el calentador no estaba trabajando. Fue una experiencia sin igual, creímos que íbamos a amanecer congelados. Era el día numero doce, y a causa de todas estas fuertes luchas y al no ver el resultado espiritual que esperábamos, Iván decidió volverse a casa. “Ya yo no puedo, me siento morir, tal vez esto no es para mi.” Me dijo, y añadió; “Cuando hacemos nuestros ayunos regulares de tres días sentimos una grande presencia de Dios y siempre experimentamos algo nuevo pero, este ayuno es diferente. No hemos tenido ni una visión o por lo menos un sueño, no hemos sentido su gloria como me habías dicho ¿Estás seguro que Dios te habló para que hagas este ayuno? me preguntó. “Claro que si.” Le respondí, “cuando te dije que aunque muera voy a terminar este ayuno estaba hablando en serio.” Ese mismo día su familia lo vino a buscar, nos dimos un abraso, oramos y se despidió. Estos primeros doce días habían sido difíciles, pero no eran nada comparado a lo que me esperaba, mi verdadera batalla comenzaría después. La soledad comenzó a llenar el vacío entre aquellas cuatro paredes y yo. Sin un calor humano. Sin una palabra proseguí. Aunque sabia que Dios estaba conmigo, me sentía solo. Esperaba recibir alguna visitación angelical o divina, pero para mi sorpresa, la única visitación que recibía era la de espíritus inmundos, demonios que venían para perturbarme. Y allí estaba yo. Después de aquella última visita demoníaca en la que aquel ser me toco desde mi cabeza hasta los pies, estaba desconcertado “¿Por qué Dios le permitió que me tocara?” Mi piel me ardía, sentía que mi sangre no me circulaba normalmente y a causa de este encuentro mi cuerpo se había llenado de llagas. Fue allí donde conocí a mi peor enemigo. Una lucha viva Su Gloria equivale a Su presencia. Nunca podrás atraer Su Gloria hacia ti mismo. Tu tienes que ser atraído a Su Gloria, a la mayor expresión de Su presencia. La clave está en entrar en la dimensión del espíritu. No podrás caminar en una atmósfera de gloria hasta que seas atraído a su presencia, y no disfrutarás la mayor expresión de su presencia hasta que cambies de dimensión. Mi problema era que no entendía como entrar en esa dimensión. Yo no sabia que antes de experimentar el conocimiento de su gloria tendría que vencer a mi peor enemigo, no, no era el diablo; era alguien mucho más fuerte. Pensamientos trataban de apoderarse de mi mente, era una lucha constante, sentía como me decían, “estas solo, vas a morir y al final del ayuno te encontraran descompuesto. Ya probaste lo que tenias que probar entrega antes de que sea demasiado tarde,” pero en mis peores momentos era la palabra y las promesas del señor las que me sostenían. En la pared tenia un pequeño calendario el cual marcaba todo los días. Cada día parecía nunca terminar pero cuan grande victoria cuando lo marcaba con esa tinta roja y decía “ahhh, un día menos”. El principio del final Por fin recibí un sueño. Era el día numero 28, recuerdo que antes de dormir pensaba en lo débil que me sentía y éstas fueron mis palabras: “señor ayúdame”. Al quedar dormido inmediatamente soñé que estaba al frente de una mesa que se extendía hasta donde no podían mirar mis ojos, con toda clase de manjares y ángeles que me servían. Escuche una voz que me dijo, “come.” Y así lo hice. Comí hasta saciarme. Al otro día aunque todavía sentía una gran hambre, mi cuerpo se fortaleció, ahora podía clamar caminando alrededor del cuarto. Pero todavía toda mi piel ardía y sentía un dolor de cabeza tan fuerte que escuchaba la presión de la sangre en mis venas. Más en medio del dolor y el hambre, la debilidad y los ataques, lo único que más me preocupaba, eran esas palabras del señor. “Y veras cosas que nunca imaginaste.” Me preocupaba porque era el día numero treinta y nueve del ayuno y no había visto aquello de lo que el señor me había hablado. El día numero cuarenta me levanté con mucho entusiasmo, creyendo que antes de la media noche—a esa hora entregaba el ayuno—Dios me iba a mostrar cosas grandes. Las horas pasaron y allí estaba yo. A una hora antes de la media noche. A pesar del frío, mi sudor se confundía con las lágrimas que bajaban por mi mejilla. Y así, me arrinconaba en aquella esquina y me preguntaba: “¿Qué hice mal?” “¿Por qué me siento como si aquello grande que me prometiste ver no lo he visto?”. Mi cuerpo se estaba dando por vencido, y mientras enterraba mis uñas en la alfombra, como una película mi vida paso al frente de mis ojos. Lejos tenia de mi, que aquel día, yo habría de morir. Hombre Vs. Gloria

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